Obscuridad / Cuento

Abrió la puerta no sin dificultad. Era la primera vez que la cerradura andaba mal, pero no le extrañó. Recordaba haberse quejado un poco al comprar la casa, aduciendo que “la construcción en serie solo hace mas infelices a la gente, y encima los materiales son de pésima calidad”.

El barrio podría haber sido cualquier otro, pero a ellos se les ocurrió comprar en uno recién estrenado: todas casas similares, dispuestas una al lado de la otra. Como casas de perros. Como esos habitáculos donde algunos asiáticos duermen en los aeropuertos.

Y esta noche se parecían aún mas debido a que el suministro eléctrico había fallado en todo el barrio, quizás debido a la tormenta que caía y, siendo muy tarde de madrugada, mas las dos o tres copas de que había tomado sin cenar.

A tientas guardó la llave en el bolsillo de su pantalón, y subió desvistiéndose lentamente a la habitación.

Adivinando los lugares, como cuando jugaba de pequeño, con los ojos vendados, se acercó a la cama y se metió de su lado. Pensaba ordenar al día siguiente toda la ropa que había dejado tirada alrededor.

Y también cambiar la cerradura para que no vuelva a trabarse la llave.

Suavemente empujo a su esposa y la respiración de ella pareció entrecortarse y lentamente se corrió hacia donde el la empujada.

A contraluz de un relámpago pudo notar el cabello enmarañado de alguien que ha estado durmiendo. A contraluz el tono del cabello negro pareció mas claro. A contraluz las cosas parecían otras.

El se durmió y soñó con el perfume que ella se había puesto.

Ella dio dos vueltas suaves, como para no espabilarse demasiado, y ya no pudo dormir. En su cabeza daba vueltas la idea que esta vez si, el había vuelto para quedarse con ella para siempre.

Y que sus suplicas de pelirroja religiosa habían sido escuchadas. Aunque hayan pasado varios años desde el accidente.

Ruben Pouquette

El señor Bregg / Cuento

Es notable el caso del señor Bregg. Desde hace unos años se encuentra en una especie de catalepsia o coma. Lo mas notable, por extraño que parezca, no es su estado actual, sino la forma en que llegó a eso.

El señor Bregg se encontraba junto a su esposa cenando en un restaurante del centro.

Esa noche en el escenario del lugar había un número al que la pareja no había prestado mucha atención. La persona se hacía llamar “El magnífico algo…”, y su presentación se basaba en trucos de magia ya vistos.

En un momento la señora Bregg le pidió su marido que levantara la mano. Eso le pareció gracioso ya que el señor Bregg estaba respondiendo al llamado del “Magnífico” a participar de un nuevo truco. Solo que su marido no le estaba prestando atención.

Entre risas y confusión, el señor se levantó de la mesa, camino hasta el escenario donde fue recibido con algunos aplausos tímidos, y con la benevolencia del prestidigitador.

El sujeto anunció con pompa y algunos accesos de tos, que el siguiente truco no sería tal, sinó que se trataría de hipnotismo. De repente, la gente que poca atención le prestaba, giró para ver de que se trataba. Quizás esta sería la oportunidad que muchos buscaban, de que el “show” al fin termine y puedan comer en paz.

Le pidió al señor Bregg que se concentrara en las palabras que diría al tiempo que lo mirara fijamente a sus ojos sin parpadear. Hizo dos pases, dijo dos cosas y un asistente se acercó por detrás del señor para tomarlo de la espalda mientras el Magnífico lo empujaba hacia atrás suavemente empujándolo por la cabeza.

El Magnífico tosío tres veces y luego se frotó el brazo izquierdo.

Se dió vuelta, dirigió su mirada a los espectadores, alzó la mano derecha pidiendo un silencio que ya estaba establecido, y luego giró para dirigirse al señor Bregg. Con la mano aún en alto, le pidió suavemente que levante la mano derecha. Durante dos segundos no pasó nada. El señor Bregg parecía no reaccionar. De repente, lentamente levantó el brazo. El publicó aplaudió tímidamente. En respuesta de eso, el Magnífico tosió.

Luego volvió a toser. Luego le pidió al señor Bregg que baje el brazo. Y volvió a toser. Y luego se frotó vigorosamente el brazo izquierdo.

La gente se revolvió molesta e incómoda en su asiento mientras el Magnífico tosía y tosía.

Hasta que hizo una maniobra inesperada por todos. Sobre todo por la gente del restaurante. El Magnífico cayó al piso tomándose el pecho con la mano derecha. El silencio del público duró un segundo eterno el cual fue roto por unos pasos acelerados subiendo al escenario, al grito de “llamen a un doctor”.

Desde su asiento, la señora Bregg solo pensaba en su marido. Se encontraba entre sorprendida y raramente preocupada. Su marido yacía junto al Magnífico y, al igual que él, tampoco se movía.

Afortunadamente el señor Bregg solo estaba hipnotizado.

Y el Magnífico muerto.

Ruben Pouquette