Viaje al Hotel termal El Sosneado, Mendoza / Relato / Fotos en 360°

Salimos de la ruta nacional 40 y tomamos la 220. Nuestro destino ese día era el tristemente célebre “Hotel termal El Sosneado”, abandonado hace muchísimos años, a unos 60 kilómetros de la ruta 40.

Esa mañana salimos muy temprano del hotel en Los Molles, después de desayunar y preparar el trayecto, claro. Nos esperaba una jornada tranquila, transitando una ruta desconocida pero de la que ya teníamos alguna referencia. Y una, particularmente, era nueva.

Resulta que el día anterior, apenas nos hospedamos para pasar la noche, aprovechamos la posibilidad de tomar un baño en las instalaciones termales que dispone. Luego de sufrir lo suficiente por el calor, nos recostamos en los asientos fuera de las piletas, y entablamos charla con una señora. Entre otras cosas nos contó que de pequeña solía ir junto a su familia, al hotel, para sumergirse en las aguas sulfurosas que ofrecía. Consultada sobre el camino, nos dijo que “hay que ir con una camioneta 4×4, sinó es imposible llegar”. Ella misma nos preguntó con que vehículo contábamos, a lo que respondimos “un VW Gol”. Puso cara de preocupada y nos reiteró la gravedad del camino.

La ruta 220 tiene un extremo en la ruta nacional 40. Como punto de referencia se podría dar la estación de servicio que se encuentra ahí, y que cuenta con quiosco para proveerse de cosas para el viaje.

Al principio la ruta es de ripio, o “piedritas”, prolijamente apisonado con alguna frecuencia. El primer tramo hacía el hotel no es muy distinto. Si habría que tener cuidado si en días posteriores llovió, ya que algunas huellas pueden ser mas profundas de lo que parecieran.

A medida que se avanza en el camino, la ruta se hace mas agreste. Hay tramos en los cuales se puede ir a una velocidad moderada, y otros en los que es muy necesario ir despacio. Suele haber piedras muy grandes en casi todo el camino. Hay trayectos con agua proveniente de algún manantial que brota tímidamente. En algunos lugares esa agua se encuentra acumulada y es necesario pasar a velocidad constante.

Unos kilómetros antes de llegar creímos que tendríamos que volver: el camino se encontraba totalmente abnegado por agua que parecía ser el desborde de un ría, o el efluente de algún gran manantial. De la nada salió una camioneta que lo sorteó sin problemas. Según lo que pudimos notar, no fue mucho lo que se hundieron sus ruedas, así que nos arriesgamos.

Y luego otra vez.

Y quizás otra.

Y finalmente llegamos.


Frente del hotel


Planta alta del hotel


Pileta termal alta


Escalera central del hotel


Patio central


Pileta principal


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El señor Bregg / Cuento

Es notable el caso del señor Bregg. Desde hace unos años se encuentra en una especie de catalepsia o coma. Lo mas notable, por extraño que parezca, no es su estado actual, sino el como llegó a eso.

El señor Bregg se encontraba cenando junto a su esposa, festejando quizás su promoción a un cargo mas alto que el ocupado durante años en la empresa para la que había dejado, hasta aquel entonces, varios años de su vida.

Esa noche en el escenario del lugar había un número al que la pareja no había prestado mucha atención. La persona se hacía llamar “El magnífico algo…”, y su presentación se basaba en trucos de magia ya vistos.

En un momento la señora Bregg le pidió al señor que levantara la mano. Eso le pareció gracioso, ya que el señor se estaba ofreciendo para un viejo nuevo truco del “Magnífico”.

Entre risas y confusión, el señor se levantó de la mesa, camino hasta el escenario donde fue recibido con algunos aplausos tímidos, y con la benevolencia del prestidigitador.

El sujeto anunció con pompa y algunos accesos de tos, que el siguente truco no sería tal, sinó que se trataría de hipnotismo. De repente, la gente que poca atención le prestaba, giró para ver de que se trataba. Quizás esta sería la oportunidad que muchos buscaban, de que el “show” al fin termine y puedan comer en paz.

Le pidió al señor Bregg que se concentrara en las palabras que diría al tiempo que lo mirara fijamente a sus ojos sin parpadear. Hizo dos pases, dijo dos cosas y un asistente se acercó por detrás del señor para tomarlo de la espalda mientras el Magnífico lo empujaba suavemente tomándolo de la cabeza, hacia atrás.

El Magnífico tosío tres veces y luego se frotó el brazo izquierdo.

Se dió vuelta, dirigió su mirada a los espectadores, alzó la mano derecha pidiendo un silencio que ya estaba establecido, y luego giró para dirigirse al señor Bregg. Con la mano aún en alto, le pidió suavemente que levante la mano derecha. Durante dos segundos no pasó nada. El señor Bregg parecía no reaccionar. De repente, lentamente levantó el brazo. El publicó aplaudió tímidamente. En respuesta de eso, el Magnífico tosió.

Luego volvió a toser. Luego le pidió al señor Bregg que baje el brazo. Y volvió a toser. Y luego se frotó vigorosamente el brazo izquierdo.

La gente se revolvió molesta e incómoda en su asiento mientras el Magnífico tosía y tosía.

Hasta que hizo una maniobra inesperada por todos. Sobre todo por la gente del restaurante. El Magnífico cayó al piso tomándose el pecho con la mano derecha. El silencio del público duró un segundo eterno el cual fue roto por unos pasos acelerados subiendo al escenario, al grito de “llamen a un doctor”.

Desde su asiento, la señora Bregg solo pensaba en su marido. Se encontraba entre sorprendida y raramente preocupada. Su marido yacía junto al Magnífico y, al igual que él, tampoco se movía.

Afortunadamente el señor Bregg solo estaba hipnotizado.

Y el Magnífico muerto.

Ruben Pouquette